Chamanes y profetas

Novembre 4, 2009

Hoy hablaré de la serie de paridas que producen esa coneja de paradojas llamada economía.

Una sociedad no puede existir sin misterio, para eso crearon la economía: un sistema de creencias como toda religión, una rama del derecho como pura teología. No es mucho lo que diferencia a un economista de un astrólogo: explican de qué ha muerto el tipo pero si lo salvan por casualidad. La economía no es una ciencia porque no puede usar ninguna de sus herramientas: su capacidad predictiva es patética (hasta el hombre del tiempo acierta más) y su método deductivo se construye según sople el viento. La economía no es discurso, es monserga, sus reglas narrativa y su mercado prosopopeya. Son voces que expresan todas las opiniones posibles y claro, alguna acabará acertando en la diana.

Cuánto más entiendes sus reglas, más te premia y por eso puede que crees más en ellas, sin embargo, cuánto menos crees en ella, más te castiga. El obrero eso lo sabe bien, pero desconoce que él es imprescindible para el sistema, que se trabaja para mantener vivo al sistema. El obrero es controlado desde su ambición: la economía pues, nace como arma de dominio social para controlar a la sociedad desde su egoísmo, o  al menos hasta que se estampe contra una pared: una crisis. Todas las crisis son una magnífica máquina de redistribución de fortunas a la que ningún capitalista renunciará jamás porque si no se generan pobres no se podrá generar suficiente riqueza; por cada hombre rico debe haber mil pobres.

No puede ni curar los males que ella misma crea: si los economistas acertaran siempre, nadie se arruinaría ni nadie se haría rico. Los mismos premios Nobel en economía admiten no tener recetas para salir de la crisis. Éstos sabios son los mismos que en los tiempos que corren se matan para describirnos lo evidente y explicarnos lo que ya pasó, el ayer: ésta era entonces su función en la sociedad? Y luego están los hipócritas: el mismo ejecutivo que usa las matemáticas para calcular los céntimos de rentabilidad de coste de transporte de un producto, es el mismo que se compra un Ferrari que lo trasladará por la ciudad con menor eficiencia que un tren de cercanías. En una sociedad en la que se confunde valor con precio, cuando uno compra un reloj ya no es para saber la hora, sino para marcar estatus social.

Si alguien prospera alguna vez según sus reglas, dentro de su marco, afirman con autobombo que esas leyes existen pero, no quieren que hablemos en voz alta de ellas, porque cada diagnóstico que se hace cambia su estado. Y si yo no quiero jugar a su juego? Dejar de creer en ellos será suficiente para que dejen de existir porque lo único que nos mendigan, es confianza y consumismo, y esto se combate ignorando a todos estos chamanes (políticos, economistas, banqueros, sindicatos, empresarios, capitalistas, publicistas, etc) y guardando el dinero debajo del colchón aunque el dinero robado siga en el bolsillo de unos culpables que aún andan sueltos.

Y nosotros mirando si la cebolla sube de precio.



Questo è il post centesima :^)  >>